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El sábado pasado, 15 de mayo de 2010, el Giro de Italia terminó en Montalcino, un pequeño pueblo de la Toscana, de calles estrechas y empedradas. Hasta aquí, todo normal.
Lo que se escapaba un poco de lo normal fue que en los últimos kilómetros la etapa transcurría por un tramo sin asfaltar, eso sí, ancho y "pisado", pero que la climatología convirtió en un pequeño infierno.
Al término de la etapa, en la que entre otras cosas venció Cadel Evans, Vinokourov arrebataba la maglia rosa a Nibali y Sastre se dejaba 5 minutos y medio, muchos medios tachaban de locura y de anti-ciclismo para arriba que el Giro incluya un tramo así en su trazado, dada la peligrosidad del mismo. Hay que decir que sí, que hubo una caída en la que se vieron implicados, entre otros, Evans, Nibali o Basso, pero no es menos cierto que esa caída se producía en un tramo perfectamente asfaltado. ¿Caídas en el tramo de tierra? Ninguna.
El Giro ha pasado muchas veces por tramos así y nunca ha habido motivos para no repetir. El Gavia ha sido asfaltado hace relativamente poco. La etapa con Finestre fue espectacular, y el año pasado también se pasó un tramo así en la etapa de Monte Petrano.
Estando de acuerdo en que estos tramos no deberían ser una constante, no entiendo porqué una gran vuelta de 3 semanas no puede incluir tramos de pavés como los de Roubaix, caminos de tierra o muros como los de Flandes en una etapa.
Creo que para los aficionados no hay comparación en ver algo como lo que pudimos ver el sábado (carrera rota con todos los gallos dando la cara en primera persona bastante lejos de meta) a las anodinas etapas de la Vuelta, ya sean contra-relojs por autovías desérticas o finales en "puertazos" como Pla de Beret o el Naranco, siempre ignorando los colosos que siguen a la espera de que la organización se acuerde de ellos.
Lo que necesita este deporte, tan hundido de unos años a esta parte, son las grandes gestas y la épica de antaño. Justo lo que le hizo grande.